Nací en cautividad. No tengo recuerdos de mi madre ni de mi padre,ni de nada parecido a una familia o amigos. Tan sólo de una infancia de aislamiento y soledad, con la única visita de alguien que de vez en cuando me alimentaba de forma brusca y forzada, más allá de si tenía hambre o no.
Apartada de los míos, fui creciendo y la cosa no mejoró. Seguía estando sola. El habitáculo que me asignaron, austero y siempre en penumbra, se iba quedando cada vez más y más pequeño. Progresivamente fui quedándome sin espacio en el que saltar o correr, ya apenas podía erguirme para caminar sin topar con el techo, la pared o las rejas. No era consciente de que aunque me parecía que se quedaba pequeño el recinto, como si encongiese conmigo dentro, era yo la que estaba creciendo y cambiando sin saberlo, en un lugar que ya de inicio era reducido.
De vez en cuando aparecía alguna familia humana con cachorros, que me miraban y decían a sus padres: "Mira, no hace nada", "Está quieta", "No ruge ni da miedo". Y entonces me sentía aún más incomprendida y sola, con ganas de aislarme aún más. Allí no había nadie capaz de ver lo que yo era realmente. Es fácil juzgar por las apariencias desde la ignorancia de la historia y las circunstancias de cada cuál. Si hubiera podido mostrar mi poder salvaje no se hubieran mofado de mí de esa manera, quizá algún arañazo, como mínimo, se hubieran llevado.
Desesperada, no me quedó otra que vivir postrada, encogida, con la rebeldía salvaje rugiendo en mi interior, reprimiendo la rabia y la frustración, abocada a la indiferencia, clamando por una vida libre con los míos comprimida en una caja de barrotes.
Un día, un dardo certero me alcanzó y caí desmayada al suelo. Cuando desperté, me hallaba en otro lugar, había más salvajes enjaulados como yo, tristes, asustados, rendidos y desahuciados. Salvo uno. Aquél captó mi atención, era de los míos, de mi especie... Reconocí en su mirada un aplomo inigualable, la belleza de la nobleza y la serenidad del que vive libre. Éramos animales salvajes presos, sin embargo, observándole pude darme cuenta de algo que me asombró y fue revelador. Nos secuestraron y privaron de una vida con nuestra familia, de un entorno natural y armonioso, de correr por la selva y verdes praderas, de nuestro ciclo y desarrollo vital, de cazar y comer según nuestras necesidades y gustos, de disfrutar del sol, el aire, el río y las aguas vivas... pero él no se veía derrotado, sumiso, ni resignado. Siempre lo vi sereno, digno y con una elegancia amorosa. Su presencia era una inspiración para mí, un aliento fresco renovador, era pura admiración lo que despertaba en mí. Sin embargo, yo me iba agotando y consumiendo en mi tristeza sin poder remediarlo. La lejanía de mi hogar, la ausencia del calor de los seres queridos, la imposibilidad de expresar mi naturaleza femenina y salvaje, agotaron mis energías. No podía resignarme a renunciar a ello...
Recuerdo que en mis últimos instantes él se acercó a mi jaula, acercó su cabeza y extendió su pata, animándome a levantarme y seguir adelante, como si pretendiera transmitirme que aún había esperanza, alguna forma de vivir plenamente al margen de las circunstancias... pero mis fuerzas llegaron al límite, y por mucho que lo intenté no pude levantarme. Mis ojos se posaron en los suyos y encontré la calma, el sosiego de mi alma. Fui abandonando aquel lugar suavemente cautivada y embargada por la majestuosidad de su presencia. Y ahora, después de un largo encierro recluida suspendida en el No-Tiempo, veo lo que él pretendió transmitirme. La Libertad es una elección, una actitud, un modo de vida. No se puede atrapar a aquél que no tiene límites ni fronteras, al que no espera ni pretende nada, al que no se aferra, al que se rinde ante la Vida y acepta cada instante tal cual se presenta. Ese es el camino hacia la Libertad de Ser.
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(Experiencia surgida en uno de mis trabajos internos.)