Despedirse es un trago amargo, triste. Un final de cambio para un nuevo inicio en la distancia, en la separación.
Especialmente si es un ser amado el que parte o del que nos separamos, podemos sentir dolor y pena.
Pero lo realmente trágico es la despedida que no llega a suceder. Palabras por decir, besos y abrazos por compartir, sentimientos verdaderos que quedan en el aire que deberán ser reprimidos y guardados... todo esto causa un dolor extremo que perdura en el tiempo, un sufrimiento que absorbe la alegría y las ganas de vivir.
Hay oportunidades que no se sabe si alguna vez volverán y las despedidas son esa clase de asuntos que quedan pendientes y nos atormentan y entristecen de por vida.
Por eso, much@s desean la segunda oportunidad, pero lo que puede ocurrir es que no llega y debemos entonces aprender a vivir con ello. ¿Cómo? Realizando el aprendizaje y dándonos cuenta de lo bueno que nos ha aportado la experiencia.