jueves, 21 de enero de 2016

La muerte, la vida

A veces siento que vivo para la muerte. Siento que todo lo que veo, lo que huelo, lo que toco, lo que escucho, lo que saboreo, es para comprender y aprender la muerte. Desde hace mucho tiempo me atrae este tema, lo encuentro tremendamente bello, poético y mágico a la vez. Una vez se empieza a trabajar sobre la muerte, todos esos clichés de tema tétrico y morboso desaparecen. He experimentado en mí misma que cuanto más sé acerca de la muerte, más viva me siento. Mi alma vibra de alivio y sosiego al empezar a comprender un misterio que es inherente a la naturaleza de la mente humana. Y esto especialmente es lo que me motiva a aspirar a acompañar a otras personas en sus procesos de muerte, ya sea de su cuerpo físico o en diferentes etapas de la vida que conllevan un proceso de muerte en cualquiera de los niveles del Ser.

Nos aterra sentir nuestra finitud y la de las personas, animales o cosas que amamos, pero es tremendamente renovador aceptarla y animarnos a disfrutarlos todo lo posible cada segundo, porque eso es lo mejor que podemos hacer, permanecer presentes en este instante y sacar el máximo partido de cada experiencia. Más allá de este momento no hay nada...

Cada instante es un maestro, cada momento cuenta, pero no puede hacerse consciente si lo anterior no se suelta. ¿Y qué es soltar? ¿Cómo se hace? ... ¡muriendo!

Hay que aprender a morir, esa es la única forma de aprender a vivir. Cada instante es inatrapable en sí mismo. Si intentamos hacerlo fijo nos quedamos atrapad@s en un sufrimiento sin fin, inútil, que no nos permite vivir lo pasado ni tampoco lo presente. Es intentar acogerse a algo que ya no está, que pasó, que es tan sólo una ilusión de la mente.

¿Adónde va el tiempo que hemos pasado? ¿Dónde están esos momentos de bellos recuerdos? ¿Qué ha pasado con ellos, por qué no puedo hacerlos perpetuos? Cuando experimentamos momentos de gozo, alegría, amor, nos gustaría alargarlos en el tiempo, que no acabaran nunca. Ese mismo afán, el hecho de que aparezca en nuestra mente la idea de que eso puede terminar y la resistencia a que se acabe, hacen que surja en nosotros un dolor. Ese dolor, que en definitiva es algo inevitable, alargado en el tiempo se convierte en sufrimiento, que aparece al chocar con la realidad que hace evidente que aquello ya no está. Este sufrimiento se podría tomar como síntoma de que nos estamos aferrando a algo, de que estamos tratando de impedir que algo siga su curso, nos estamos oponiendo a la impermanencia. Es necesario observar esto. ¿A qué me estoy aferrando? ¿Qué estoy tratando de impedir, a qué me resisto?

La vida es el libre fluir del Todo, el Todo en movimiento. En este Todo estamos incluidos todos los seres, la creación, lo manifestado, etc. Si obstruimos el fluir de la vida ¿qué estamos haciendo realmente?

La muerte es un proceso que comprende dejar que algo acabe para que pueda haber un nuevo inicio. Del mismo modo que un espacio que está ocupado no puede ser rellenado, nuestra mente no puede procesar el instante presente si está fijada en algo pasado o proyectando en el futuro. Estar presente significa que la mente está plenamente en este instante siendo testigo de lo que ocurre ahora. Significa que en este momento somos la pura presencia que somos, simplemente siendo. 

Los seres humanos tenemos un magnífico potencial, asombrosas capacidades que podemos llegar a desarrollar. Forman parte de nuestra labor en este tipo de existencia, entre ellas, dejar que la vida fluya a través de nosotros y actuar simplemente como meros observadores, administradores y coocreadores. 

Yendo más allá... realmente ¿qué está vivo y qué está muerto? ¿quién o qué vive y quién o qué muere? Depende del punto de vista desde el cual se contemple se puede considerar que nacemos a esta vida en el parto, ¿pero no está vivo el bebé en el vientre de su madre? Y morimos cuando el cuerpo físico deja de funcionar y se para. Entonces ¿sólo somos cuerpo físico? ¿Adónde van las emociones, los pensamientos, las sensaciones, los deseos... que  moraban en ese cuerpo? ¿Todo esto anterior es lo que somos, a eso se reduce el ser humano?

Estas reflexiones nos conducen a una gran pregunta: entonces... ¿quién soy yo? ¿qué soy yo?

viernes, 15 de enero de 2016

Llamamiento a la reflexión, l@s adolescentes

Ya hace tiempo que me llama la atención el comportamiento de muchos chicos y chicas jovencitos, preadolescentes y adolescentes. Actualmente no tengo demasiado trato con personas con estas edades, pero l@s veo por la calle y en diferentes lugares de ocio, y hay cosas que ellos y ellas reflejan de los adultos que deberían servirnos para reflexionar. 

En concreto, me refiero al tipo de estereotipos y de información errónea que les llega a cerca de los roles masculino y femenino, del papel de hombre y el de mujer, del concepto de poder y fuerza, de la belleza, del éxito, del significado y el sentido de la vida...

Sólo hay que echar un vistazo a las chicas que salen por la tele: cómo visten, cómo hablan, cómo se comportan, qué motivo hace que salgan en los medios de comunciación y se hable de ellas... Si se mira fríamente, en la mayoría de los casos, es verdaderamente lamentable. Se está fomentando un modelo de mujer preocupada por su imagen sujeta a arreglos estéticos, con un físico determinado que casi siempre tiene que ver con grandes pechos y cuerpo delgado, con ropa que casi no deja nada a la imaginación, con nivel intelectual y académico bastante justito, y modales que van de choni a barriobajera.

Es frecuente ahora ver o escuchar noticias a cerca de cantantes y/o actores y actrices que protagonizan escándalos públicos, sexuales, tráfico, fiestas, alcohol, drogas, etc. con el objetivo de conseguir la atención de los medios y del público en general. Sin embargo, secundariamente, están influenciando en todas esas personas que les admiran, especialmente en las preadolescentes y adolescentes que sueñan con ser como ellos/ellas. 

Se ven muchas chiquitas pintadas como puertas, muchas veces se maquillan en el tren o en el metro, con piezas de ropa que parecen ser unas cuantas tallas menos de las que les tocaría: tops minúsculos, shorts que no alcanzan a tapar las nalgas, minifaldas tamaño cinturón, pantalones de talle bajo por los cuales sobresale el hilo del tanga... Ellas se ven guapas, se ven mayores e intentan parecerse a esas cantantes, artistas o actrices que admiran. Tienen un montón de ilusiones y toda la vida por delante, y las hormonas están en plena ebullición. A menudo parece como si su inocencia les privara de ver cualquier tipo de peligro o consecuencia negativa de sus actos. Tan solo quieren disfrutar el momento y pasarlo bien ¡y es lógico! Es una etapa muy importante y a la vez delicada, porque es cuando se moldea la personalidad, cuando cada uno/a debe encontrarse a sí mismo/a, saber qué cosas le gustan y cuáles no, qué cosas necesita, cuáles son sus aspiraciones o verdaderos deseos y para ello es necesario experimentar. Hay quienes buscan los límites en las normas de los adultos y de la sociedad, y otros/as optan por intentar encarnar el prototipo de persona ejemplar sin cuestionar la validez de los varemos que se utilizan para calificar bueno/malo. Y lastimablemente muchos se dejan llevar por lo que ven en sus ídolos, por esa admiración a la rebeldía y al inconformismo que tanto caracteriza también a la adolescencia.

En fin, lo que veo realmente preocupante no son los adolescentes en sí, sino lo que nos concierne a los adultos. Seamos padres o no, somos contribuyentes a la conformación de esta sociedad y deberíamos preguntarnos de qué forma lo estamos haciendo ¿Qué tipo de educación estamos transmitiendo a las generaciones venideras? ¿Qué modelo o ejemplo estoy proyectando a los y las más jóvenes? Dejemos de culpar a l@s adolescentes y empecemos a ver en perspectiva. La gente se queja de que la tele es un asco, de que todo es consumismo, de que en el trabajo le aprietan cada vez más... pero sin embargo siguen enganchados a la rueda y continúan con la inercia del "es lo que hay". Tomemos las riendas de nuestra propia vida, cambiemos aquello que esta en nuestra mano hacer de forma diferente, ayudemos a quienes vienen detrás a ver que no hay normas ni personas que puedan definir lo que realmente somos, que eso es algo que cada un@ debe descubrir por sí mismo.

Debemos preguntarnos qué opinamos nosotras sobre el hecho de ser mujer, sobre la menstruación, sobre el propio cuerpo, sobre el poder y la fuerza femenina, sobre nuestros derechos... Y los hombres también, ¡por supuesto! ¿Qué opináis de las mujeres? ¿de la menstruación y del cuerpo femenino? ¿de la fuerza femenina? ¿de los derechos de la mujer?

Por otro lado, nosotras también deberíamos reflexionar sobre los hombres ¿qué sentimos hacia ellos? ¿cómo los vemos? ¿cuál es el verdadero poder masculino? ¿qué admiramos y qué detestamos de ellos? Y a la vez, los hombres deberíais reflexionar sobre la masculinidad, cómo lleváis el hecho de ser hombre (cosas positivas y negativas), las dificultades y los retos que os encontráis, los miedos y las dudas...

Preguntémonos después de estas reflexiones si con las contestaciones que hemos dado podemos aportar algo positivo a la educación de las siguientes generaciones. ¿Qué podemos aconsejarles? ¿Cómo podemos ayudarles a que no caigan en los moldes impuestos por el marketing y este sistema consumista? ¿Cómo ayudarles a darse cuenta de que lo mejor es que sean ellos mismos y ellas mismas, y que eso empieza por conocerse y amarse? 

Debería ser algo obligatorio en la enseñanza que desde niñ@s aprendiéramos a amar nuestro cuerpo y a valorarlo. Con esto quiero decir, que es muy importante aprender a respetarse a un@ mism@ y a los demás no sólo por la forma o el color, sino también por el uso que se le de y en cuanto a las necesidades que cada uno tenga. Que cada persona pueda elegir conscientemente cómo usa su cuerpo y de qué forma, y cómo, cuándo y con quién lo quiere disfrutar (si es que es eso lo que quiere). Conocer el cuerpo no debería limitarse al conocimiento puramente anatómico y fisiológico. En organismo es un vehículo que nos permite tener un tipo concreto de existencia, nos permite relacionarnos con el entorno, experimentar sensaciones que sobrepasan en nivel físico. Es un templo que deberíamos aprovechar al máximo y cuidar como si de un templo se tratara, pues en él habita lo más sagrado de nosotr@s. Permitir que alguien maneje nuestro cuerpo sin consentimiento o a la fuerza es atentar contra un@ mism@, es una forma de entregar el propio poder a otra persona y eso nos convierte en víctimas y dependientes de lo que hagan los demás.

Es lamentable que hoy en día una imagen de un útero o un cartel de sanación femenina sea objeto de burla de chavales que se dedican a hacer comentarios peyorativos sobre las mujeres, los ciclos y la sexualidad femenina. Precisamente este hecho ha sido el que  me ha impulsado para escribir estas líneas. Por favor... reflexionemos y compartamos con ell@s, quizá nos sorprendamos.

Un saludo...

Anna