A veces siento que vivo para la muerte. Siento que todo lo que veo, lo que huelo, lo que toco, lo que escucho, lo que saboreo, es para comprender y aprender la muerte. Desde hace mucho tiempo me atrae este tema, lo encuentro tremendamente bello, poético y mágico a la vez. Una vez se empieza a trabajar sobre la muerte, todos esos clichés de tema tétrico y morboso desaparecen. He experimentado en mí misma que cuanto más sé acerca de la muerte, más viva me siento. Mi alma vibra de alivio y sosiego al empezar a comprender un misterio que es inherente a la naturaleza de la mente humana. Y esto especialmente es lo que me motiva a aspirar a acompañar a otras personas en sus procesos de muerte, ya sea de su cuerpo físico o en diferentes etapas de la vida que conllevan un proceso de muerte en cualquiera de los niveles del Ser.
Nos aterra sentir nuestra finitud y la de las personas, animales o cosas que amamos, pero es tremendamente renovador aceptarla y animarnos a disfrutarlos todo lo posible cada segundo, porque eso es lo mejor que podemos hacer, permanecer presentes en este instante y sacar el máximo partido de cada experiencia. Más allá de este momento no hay nada...
Cada instante es un maestro, cada momento cuenta, pero no puede hacerse consciente si lo anterior no se suelta. ¿Y qué es soltar? ¿Cómo se hace? ... ¡muriendo!
Hay que aprender a morir, esa es la única forma de aprender a vivir. Cada instante es inatrapable en sí mismo. Si intentamos hacerlo fijo nos quedamos atrapad@s en un sufrimiento sin fin, inútil, que no nos permite vivir lo pasado ni tampoco lo presente. Es intentar acogerse a algo que ya no está, que pasó, que es tan sólo una ilusión de la mente.
¿Adónde va el tiempo que hemos pasado? ¿Dónde están esos momentos de bellos recuerdos? ¿Qué ha pasado con ellos, por qué no puedo hacerlos perpetuos? Cuando experimentamos momentos de gozo, alegría, amor, nos gustaría alargarlos en el tiempo, que no acabaran nunca. Ese mismo afán, el hecho de que aparezca en nuestra mente la idea de que eso puede terminar y la resistencia a que se acabe, hacen que surja en nosotros un dolor. Ese dolor, que en definitiva es algo inevitable, alargado en el tiempo se convierte en sufrimiento, que aparece al chocar con la realidad que hace evidente que aquello ya no está. Este sufrimiento se podría tomar como síntoma de que nos estamos aferrando a algo, de que estamos tratando de impedir que algo siga su curso, nos estamos oponiendo a la impermanencia. Es necesario observar esto. ¿A qué me estoy aferrando? ¿Qué estoy tratando de impedir, a qué me resisto?
La vida es el libre fluir del Todo, el Todo en movimiento. En este Todo estamos incluidos todos los seres, la creación, lo manifestado, etc. Si obstruimos el fluir de la vida ¿qué estamos haciendo realmente?
La muerte es un proceso que comprende dejar que algo acabe para que pueda haber un nuevo inicio. Del mismo modo que un espacio que está ocupado no puede ser rellenado, nuestra mente no puede procesar el instante presente si está fijada en algo pasado o proyectando en el futuro. Estar presente significa que la mente está plenamente en este instante siendo testigo de lo que ocurre ahora. Significa que en este momento somos la pura presencia que somos, simplemente siendo.
Los seres humanos tenemos un magnífico potencial, asombrosas capacidades que podemos llegar a desarrollar. Forman parte de nuestra labor en este tipo de existencia, entre ellas, dejar que la vida fluya a través de nosotros y actuar simplemente como meros observadores, administradores y coocreadores.
Yendo más allá... realmente ¿qué está vivo y qué está muerto? ¿quién o qué vive y quién o qué muere? Depende del punto de vista desde el cual se contemple se puede considerar que nacemos a esta vida en el parto, ¿pero no está vivo el bebé en el vientre de su madre? Y morimos cuando el cuerpo físico deja de funcionar y se para. Entonces ¿sólo somos cuerpo físico? ¿Adónde van las emociones, los pensamientos, las sensaciones, los deseos... que moraban en ese cuerpo? ¿Todo esto anterior es lo que somos, a eso se reduce el ser humano?
Estas reflexiones nos conducen a una gran pregunta: entonces... ¿quién soy yo? ¿qué soy yo?