Sentir que la vida aprieta, que por todos los flancos hay presión. Preguntas que surgen de la mente y se clavan en el corazón. Incertidumbre por navegar en el mar de lo incierto hacia no se sabe dónde, ni si es ahora el momento de elegir o conviene primero llegar a algún puerto.
Aguantar las lágrimas hasta no poder más y explotar en la locura del desvarío inestable de una realidad maleable, inatrapable y aparentemente eterna, en la soledad y la impotencia del Alma.
No saber si en el interior es de noche o es de día, si llueve o brilla el sol en el corazón, si las sensaciones son propias, adquiridas o generadas. Vivir en el torbellino arrollador de la paranoia lamentando la posibilidad de cometer errores irreparables, pues el tiempo que es perdido no vuelve y la vida es algo demasiado precioso como para dejarla pasar.
Perder el sentido de todo, los agarres, las esperanzas. Ver el rostro crudo de la existencia que exige tramo a tramo una elección, cada vez que se elige también se descarta. Contemplar infinitos puntos de vista, posibilidades, opiniones... y ver que todo está equivocado, es incompleto y diminuto.
Sentir el corsé de la vida apretando hasta casi no poder respirar, contener el aliento hasta dejar de pensar. Sentir la fría caricia de la muerte al pasar para recordar lo efímero de los instantes, la fragilidad del momento y lo importante de alcanzar los verdaderos sueños.
Nada tiene sentido si no es porque al final está la felicidad, el gozo de Ser y realizar la plenitud.