Para empezar, no me gusta
utilizar el término pérdida para hacer referencia a la muerte de alguien,
puesto que sólo se pierde lo que se tiene o se posee y el hecho es que en lo
que llamamos “nuestra vida” no somos poseedores de nada y, ni mucho menos, de
nadie. Es la vida la que nos trae y nos lleva, nos junta y nos separa. Tratar
de resistirse a ello no nos conduce más que al dolor y el sufrimiento de ver
que no podemos hacer nada por evitarlo. Pero aquí lo utilizo por convención
social, para hacerme entender.
Es irónico, pero en esta
sociedad, además es cierto. He visto muchas personas que han experimentado en
carne propia la pérdida de alguien (un ser querido, un familiar, un vecino o
vecina, un amigo o amiga, el marido o la esposa, un hijo o una hija…) y los
santifican y colocan en un pedestal. Parece que al morir desaparecen los
errores y defectos, hablan de ellos como almas inmaculadas y bondadosas, ¡¡¡es
como si se hubieran iluminado!!!… (ojalá fuera tan fácil).
Constantemente, entre los
conocidos del difunto o la difunta, se oyen frases del estilo: “Se ha ido el
mejor”, “Era muy buena persona”, “Siempre se van los buenos primero”, “Qué buen
humor que tenía”… Es curioso porque siempre el que se muere es el mejor, el que
sabía hacer las cosas del agrado de todos, el que era un santo encarnado. Sin
embargo, si se conoce la historia de la familia o aunque sea, se ha convivido
mínimamente con el fallecido/a, es fácil ver que tampoco su santidad es tan
totalitaria desde el punto de vista relativo y mundano.
Pongo un ejemplo para ilustrar lo
que quiero exponer. Hace un tiempo, murió un vecino que vivía en el mismo
bloque que unos familiares nuestros. En la misa, el cura no hizo más que
repetir lo bueno que era ese señor. En realidad, todos sabíamos que se gastaba
un malhumor y una antipatía con todo el mundo que se hacía desagradable para
todos, se quejaba de todo, le molestaba cualquier cosas que hicieran los de su
alrededor. No digo que fuera malo, pero tampoco era el encanto de persona que
describieron el día de su entierro.
He visto casos en los que se ha
llorado la muerte de alguien y se ha dicho “qué bueno era”, “era el único que
me comprendía”… y en su casas de puertas para adentro gastaba muy mal humor con
su familia, pegaba a sus hijos y les reñía constantemente, le molestaba la
gente a su alrededor… pero como suelo decir, lo que ocurre en casa, para la
familia queda. De todas esas cosas, ante la muerte, parece que nadie se
acuerde, quedan como borradas de la mente de todos. No obstante, quien lleva
las heridas probablemente se sienta culpable por sentirse aliviado/a y se
autocastigue internamente por ello.
Quizá todo esto ocurre por cómo
están constituidas las normas sociales, porque no estaría bien reconocer en
público que es un alivio para las personas que convivían con el que se haya
muerto porque es el fin de la represión y por fin podrán respirar sin que nadie
se lo reproche. No quedaría bien decir que estaban hasta el moño de las
impertinencias y de las restricciones.
Esa forma de vivir la muerte es
insana. Deberían educarnos para que aprendamos a ser honestos/as con
nosotros/as mismos/as. De esta forma sabríamos reconocer nuestros propios
sentimientos y podríamos ver más claramente las situaciones y a las personas.
Dejaríamos de gastar energía en mantener el personaje que nos hemos creado para
sobrevivir y ser aceptados/as y podríamos ser más nosotros/as mismos/as aunque
al morir no nos vayamos a convertir en santos iluminados.
Otro hecho que he podido observar
con respecto a la muerte, que tampoco es sano, en los últimos días de vida y/o
en el lecho de muerte de alguien aprovechar que sus fuerzas están mermadas para
reprocharle cosas del pasado y volcar todos los sentimientos reprimidos (rabia,
odio, ira, cólera…). Todo tiene su tiempo, aprovecharse de la debilidad de otro
para castigarlo sólo sirve para engrandecer el ego falsamente ¿Qué mérito tiene
enfrentarse a alguien mermado? Ni siquiera sirve para sentirse mejor, puesto
que si esa persona ejerció algún daño, ya no es la misma. De aquí la
importancia de poder decir las cosas en el momento y no esperar a última hora o
al momento de su muerte. Aprovecharse de un desvalido no te hace mejor persona
que el que te dañó, por muy terrible que fuera lo que te hizo.
Animo a todo el mundo a instruirse y leer a cerca del bien-morir.
Realmente es algo que condiciona mucho nuestro día a día y no nos damos cuenta
hasta que empezamos a tomar contacto con el tema. Hay gente que se ha
escandalizado con este blog y con mi interés por la muerte. Debo decir a
quienes os habéis preocupado, que el tema de la muerte se ha tratado siempre en
todas las tradiciones espirituales. Muchas culturas lo tienen integrado como un
tema muy importante y educan a los niños desde pequeños para que acepten la
impermanencia de todo lo existente, esto significa aceptar la muerte. Y conlleva
sanar aspectos muy profundos de nuestro Ser y llegar a comprender mejor nuestra
existencia. Como dice el maestro, aprender a bien-morir es aprender a
bien-vivir y viceversa.