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viernes, 4 de abril de 2014

Hay que morirse para ser bueno



Para empezar, no me gusta utilizar el término pérdida para hacer referencia a la muerte de alguien, puesto que sólo se pierde lo que se tiene o se posee y el hecho es que en lo que llamamos “nuestra vida” no somos poseedores de nada y, ni mucho menos, de nadie. Es la vida la que nos trae y nos lleva, nos junta y nos separa. Tratar de resistirse a ello no nos conduce más que al dolor y el sufrimiento de ver que no podemos hacer nada por evitarlo. Pero aquí lo utilizo por convención social, para hacerme entender.

Es irónico, pero en esta sociedad, además es cierto. He visto muchas personas que han experimentado en carne propia la pérdida de alguien (un ser querido, un familiar, un vecino o vecina, un amigo o amiga, el marido o la esposa, un hijo o una hija…) y los santifican y colocan en un pedestal. Parece que al morir desaparecen los errores y defectos, hablan de ellos como almas inmaculadas y bondadosas, ¡¡¡es como si se hubieran iluminado!!!… (ojalá fuera tan fácil).

Constantemente, entre los conocidos del difunto o la difunta, se oyen frases del estilo: “Se ha ido el mejor”, “Era muy buena persona”, “Siempre se van los buenos primero”, “Qué buen humor que tenía”… Es curioso porque siempre el que se muere es el mejor, el que sabía hacer las cosas del agrado de todos, el que era un santo encarnado. Sin embargo, si se conoce la historia de la familia o aunque sea, se ha convivido mínimamente con el fallecido/a, es fácil ver que tampoco su santidad es tan totalitaria desde el punto de vista relativo y mundano.

Pongo un ejemplo para ilustrar lo que quiero exponer. Hace un tiempo, murió un vecino que vivía en el mismo bloque que unos familiares nuestros. En la misa, el cura no hizo más que repetir lo bueno que era ese señor. En realidad, todos sabíamos que se gastaba un malhumor y una antipatía con todo el mundo que se hacía desagradable para todos, se quejaba de todo, le molestaba cualquier cosas que hicieran los de su alrededor. No digo que fuera malo, pero tampoco era el encanto de persona que describieron el día de su entierro.

He visto casos en los que se ha llorado la muerte de alguien y se ha dicho “qué bueno era”, “era el único que me comprendía”… y en su casas de puertas para adentro gastaba muy mal humor con su familia, pegaba a sus hijos y les reñía constantemente, le molestaba la gente a su alrededor… pero como suelo decir, lo que ocurre en casa, para la familia queda. De todas esas cosas, ante la muerte, parece que nadie se acuerde, quedan como borradas de la mente de todos. No obstante, quien lleva las heridas probablemente se sienta culpable por sentirse aliviado/a y se autocastigue internamente por ello.

Quizá todo esto ocurre por cómo están constituidas las normas sociales, porque no estaría bien reconocer en público que es un alivio para las personas que convivían con el que se haya muerto porque es el fin de la represión y por fin podrán respirar sin que nadie se lo reproche. No quedaría bien decir que estaban hasta el moño de las impertinencias y de las restricciones.

Esa forma de vivir la muerte es insana. Deberían educarnos para que aprendamos a ser honestos/as con nosotros/as mismos/as. De esta forma sabríamos reconocer nuestros propios sentimientos y podríamos ver más claramente las situaciones y a las personas. Dejaríamos de gastar energía en mantener el personaje que nos hemos creado para sobrevivir y ser aceptados/as y podríamos ser más nosotros/as mismos/as aunque al morir no nos vayamos a convertir en santos iluminados.

Otro hecho que he podido observar con respecto a la muerte, que tampoco es sano, en los últimos días de vida y/o en el lecho de muerte de alguien aprovechar que sus fuerzas están mermadas para reprocharle cosas del pasado y volcar todos los sentimientos reprimidos (rabia, odio, ira, cólera…). Todo tiene su tiempo, aprovecharse de la debilidad de otro para castigarlo sólo sirve para engrandecer el ego falsamente ¿Qué mérito tiene enfrentarse a alguien mermado? Ni siquiera sirve para sentirse mejor, puesto que si esa persona ejerció algún daño, ya no es la misma. De aquí la importancia de poder decir las cosas en el momento y no esperar a última hora o al momento de su muerte. Aprovecharse de un desvalido no te hace mejor persona que el que te dañó, por muy terrible que fuera lo que te hizo.

Animo a todo el mundo a instruirse y leer a cerca del bien-morir. Realmente es algo que condiciona mucho nuestro día a día y no nos damos cuenta hasta que empezamos a tomar contacto con el tema. Hay gente que se ha escandalizado con este blog y con mi interés por la muerte. Debo decir a quienes os habéis preocupado, que el tema de la muerte se ha tratado siempre en todas las tradiciones espirituales. Muchas culturas lo tienen integrado como un tema muy importante y educan a los niños desde pequeños para que acepten la impermanencia de todo lo existente, esto significa aceptar la muerte. Y conlleva sanar aspectos muy profundos de nuestro Ser y llegar a comprender mejor nuestra existencia. Como dice el maestro, aprender a bien-morir es aprender a bien-vivir y viceversa.