sábado, 21 de marzo de 2020

Las brasas

Me siento como las ascuas, las últimas cenizas rojizas encendidas a un suspiro de apagarse y extinguirse. Astiada, agotada y sin esperanza. Sólo el aliento de lo Divino puede avivarme ya.

Lo he perdido todo, he soltado ya hasta mi última ilusión y deseo para esta vida. Sólo un impulso irracional permanece inquieto en mi interior, moviéndose alegre, confiado e intacto, manteniéndose ajeno a las sensaciones y las circunstancias. Sé que en este momento no puedo detenerme. Quedarme quieta ahora es perderme y morir vagando en el fracaso. Después de todo lo andado, de todo lo vivido y aprendido, no puedo volver atrás. Estoy en el punto sin retorno. Sé que ahora más que nunca debo emplear mis fuerzas en continuar y confiar que en el instante propicio y adecuado se dará la corriente de vida e inspiración que insuflará el aire necesario para que el fuego de vida resurja.

Gran Padre, tú que ya conoces los secretos, que tu mirada me ampare y despierte en mí la visión unificada para ver el camino y resistir en confianza con humildad y respeto.

Me convertí en nadie, soy el silencio que nadie escucha, la presencia desapercibida y la sabiduría escondida ante los ojos de los demás... dime ¿qué es lo que me espera? ¿cuál es mi porvenir?

Nadie es sin sustancia, sin identidad, sin forma. Nadie es el Vacío, la Nada. La Nada escucha, la Nada entrega, la Nada sostiene, la Nada espera, la Nada contiene, la Nada es el Todo. La Nada es plena y también es el Vacío, es la Morada y lo ajeno, es la Cuna y el Túmulo.

Habita en ti Misma, muévete explorando cada partícula de ti y conocerás el Universo. La Vida es Una con múltiples aspectos que danzan y se mueven al unísono, pero todo es el Uno.

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