No sabemos cuál va a ser nuestro último instante, ni en qué momento vamos a morir. No tenemos ni idea de los pasos que nos van a conducir al final de la vida. Nos pasamos el tiempo esquivando ese momento, previniendo daños, previendo qué puede ocurrir para tomar precauciones y lo cierto es que no podemos controlar lo que nos depara el devenir.
No siempre que la muerte se acerca es para sesgar el hilo de vida, a veces es para recordarnos lo que es verdaderamente importante, para indicarnos que nos estamos desviando del camino. Entonces nos roza con la punta de sus dedos, se puede sentir en el Alma el frío del vacío del Abismo del Más Allá y se activa el mecanismo interno de supervivencia, apareciendo las auténticas motivaciones de estar viv@, el verdadero impulso que alienta a vivir y Amar la Vida.
Aceptar esta incertidumbre nos lleva a grandes cambios en lo cotidiano. Aprovechar cada instante al máximo como si fuera el último, con suma atención, exprimiendo y saboreando cada detalle. Hacer y decir lo que se debe en cada situación para no dejar temas abiertos ni asuntos pendientes. Acabar con lo que debe ser terminado, sin postergar, deshaciendo vínculos inútiles de dolor, liberando lastres, siendo consecuente con las propias necesidades. Encontrar el impulso verdadero que da sentido a esta vida, lo que aviva la llama del corazón, el motor que hace que se ponga en marcha la maquinaria de la Alegría y la Felicidad infinitas. Amar y agradecer todo lo que está en un@, en el día a día, en las personas y en todo lo que nos rodea, porque siempre hay algo por lo que sentirse afortunad@ y en ese reconocimiento llega la Paz y el Consuelo. En definitiva, nos lleva a ser nosotr@s mism@s.
Esa caricia gélida, sentir su siniestra presencia, nos recuerda lo milagroso de, a pesar de todo, estar viv@s y nos alienta a descubrir lo que queda por delante. Porque una historia no está completa si no se llega hasta el final.
El momento es Ahora.

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