Y ya que ha salido el tema del trabajo... con esto tengo yo una espinita clavada...
De siempre he sentido el impulso de dedicarme a alguna profesión que proporcionara ayuda a personas, animales y si pudiera ser a todos los seres vivos en conjunto y sin distinción. De muy pequeñita quería ser como mi profesora (monja), luego quise ser médico, después veterinaria, más tarde médico y luego alguna profesión que lo englobara todo... finalmante entré en la carrera de Logopedia en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).
Desde el primer día que pisé la universidad fui la alumna más feliz del mundo. Asistía a clases de lingüística, física acústica, fonética, fonología, psicología (evolutiva, de la memoria, psicopatología...), medicina (anatomía y fisiología, otorrinolaringología)... y para estudiar y hacer trabajos iba a la biblioteca. ¡Qué lugar más maravilloso! Había una enorme cantidad de libros, cd's, vídeos, artículos, tests para consultar y tenía acceso a todos :) ¡El paraíso! Además, el campus está situado en un entorn rodeado de naturaleza y cuando hacía buen tiempo era posible comer en el césped o en un banco al aire libre.
Cuando empecé el Practicum y el voluntariado en la Asociación de Trastornos de la Comunicación del Hospital de Sant Pau, la dicha fue aún mayor. Todo aquello que había estado aprendiendo y que ebullía en mi interior, lo pude empezar a poner en práctica y experimentar por fin con personas que lo necesitaban. Estaba muy contenta, aún no había acabado la carrera y ya llevaba grupos de pacientes con disatria y afasia. Lo que más me sorprendió fue lo mucho que aprendí de tod@s ell@s. Y fue por ell@s por lo que surgió dentro de mí la inquietud de indagar y encontrar formas efectivas de apoyar y ayudar a quienes hubieran sido afectados por algún tipo de lesión neurológica que afectara también a la comunicación.
Después de la carrera me matriculé en el Master en Neurorrehabilitación que ofrecía el Institut Guttmann, ¡cómo y cuánto disfruté allí! Conocí a gente maravillosa entre l@s compañer@s de clase, el personal docente y el equipo de Servicio Domiciliario. Allí aprendí cómo debería funcionar un buen equipo multidisciplinario, la importancia de un tratamiento integral y de la visión holística para poder ofrecer un tratamiento completo y ajustado para el bienestar del paciente y la familia, siempre con respeto hacia ellos.
Era una apasionada de mi profesión y hablaba de ella con tod@s mis conocid@s cercan@s, quería que otras personas supieran la gran labor que se podía hacer desde la neurorrehabilitación. Hay muchos profesionales fantásticos que se dedican en cuerpo y alma a estimular y apoyar a gente que ha sufrido cambios súbitos y radicales en su vida, y yo quería estar entre ese grupo de gente.
Cuando me imbuí por fin en el mundo real laboral empezaron mis decepciones. El choque de los ideales con el funcionamiento real de las instituciones y centros fue grande. Entonces aprendí la gran lección para l@s inocentes estudiantes: una cosa es el ideal que te transmiten en la universidad y otra cosa es lo que ocurre en el mundo real. Adoraba compartir mi tiempo con los pacientes, intentaba hacer que se sintieran cómodos y ofrecerles lo máximo en lo que les pudiera ayudar, pero para mí eso no era suficiente. Había muchas cosas que coartaban mi forma de trabajar con la gente y a medida que iba pasando el tiempo y me iba formando más en otras disciplinas, más me iba ahogando el no poder hacer las sesiones a mi forma. El tiempo de las sesiones iba sujeto a lo establecido por la seguridad social, así como la ratio (cantidad de pacientes por grupo) y había que hacer informes, rellenar historiales y formularios a la vez que se pasaba consulta. Para trabajar debía limitarme a ejercicios logopédicos y en ocasiones aguantar intrusiones profesionales variopintas que no merece la pena mencionar. Presencié en repetidas ocasiones un trato poco adecuado hacia los pacientes y sus familias y métodos de estimulación que dejan mucho que desear en cuanto a respeto se refiere. Vi, también, quemarse física-emocional-mentalmente a otros profesionales por sistemas de trabajo en equipo mal organizados. Por otro lado, sentía que debía incluir las técnicas que había aprendido y que tanto podían enriquecer las sesiones y con las condiciones laborales que tenía, a parte del conjunto profesional que me rodeaba, era imposible.
Así pues tanta presión por ambos lados me llevó a tomar una decisión. Podía continuar trabajando como una más y por tanto aceptar las condiciones y la responsabilidad de lo que ello significaba o elegir hacer mi propio camino y hacer las cosas de otra manera. No pude pensar demasiado tiempo, aunque no fue fácil, llegó un punto que era cuestión de salud. El pensar que no estaba haciendo lo que debía me hacía sentir que estaba perdiendo el tiempo, que cada minuto de mi vida estaba siendo desperdiciado. Soñaba, incluso, con que trabajaba con las personas de otra forma y me sentía genial, pero cuando despertaba y me daba cuenta de que aquello era sólo un sueño, el contacto con la realidad me derrumbaba. Y me lancé a la aventura a redescubrirme y reinventarme...