miércoles, 20 de noviembre de 2019

El Camino

Me rompo en pedazos, me quiebro y duele.
Sentir como llega algo que se ha deseado y, un segundo antes de empezar a consumarlo, saber que esa no es la forma. Darse cuenta de que la forma es importante, cada paso cuenta, para no perder el rumbo ni la esencia.

Perderse en soledad en la confusión, el desasosiego del no tener apoyo ni referencia, en el no saber y no encontrar cosa alguna que sostenga salvo el deber de hacer lo que se ha venido a hacer. ¿Pero quién determina eso? ¿Cómo saber qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo en el momento adecuado?

He aprendido a no olvidar el impulso interno, a no abandonar la voz de mi Ser que hoy grita herida en silencio que no la escuché. Quise brillar e integrarme aceptando normas e imposiciones y, sin embargo, el espíritu no tiene límite ni recipiente que lo contenga, para que esté vivo debe ser libre de brotar y surgir a su antojo, espontáneo y fluido. La fuente derramándose sin mesura impregnándolo todo y llenándolo de vida.

Y me duele, porque pudiendo ser libre fui incapaz de recordar la importancia de permanecer fiel a mi camino. Y me sentí extraña, ajena a lo que hacía, vacía de sentimiento, aislada de mí y de los demás, pura carcasa de lágrimas de plata meneándose y flotando en el vacío insustancial, sola, sin apoyo, desorientada.

Me perdí y hoy me vuelvo a encontrar, mientras retiro los trocitos de carcasa. Quizá es ahora el momento de deshacerme de ella, de desterrarla y disolverla y salir al mundo, sin esconderme más.

Cuando todo se volvió oscuro y no encontraba la respuesta, la llamada del Sendero avivó el fuego de mi corazón. El calor de la Madre y el amparo del Padre alimentaron el Amor en mi Ser y hoy me alzo con confianza hacia un nuevo amanecer.

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