domingo, 14 de diciembre de 2014

La lealtad sin límite lleva a compromisos difíciles de cumplir...

"Está oscureciendo... el silencio provoca un tremendo vacío en mi interior... como la calma antes de la tempestad. Apenas puedo ver el mar, la espesa niebla ha empezado a subir y todo empieza a volverse borrosamente gris. Desde el gran balcón, entre las columnas espero a que algo ocurra... a que llegue el final que intentaré evitar arriesgando mi vida si es necesario.

Ya cae la noche, se ven algunas luces minúsculas desfilando... el sonido de los tambores retumba en mi interior y me siento estremecer por dentro. Impotente, sin poder hacer nada, espero y veo cómo los hombres extranjeros llegan y se acercan a nuestra tierra sagrada... tendría que hacer algo para impedirlo, aunque la Señora ya nos dijo que sería imposible, tengo un compromiso, un juramento que debo cumplir.

Vestida de incógnito, estoy en el pueblo, mezclada entre la muchedumbre. Mujeres y niños corren de un lado para otro, gritando, llorando y corriendo tropezándose desesperados para huir de esta barbarie y esconderse. Montones de cuerpos yacen en el suelo, los hombres de nuestra tierra están siendo asesinados vilmente. Las casas, los graneros, el ganado... todo ha sido quedamo, arrasado, saqueado... Un estandarte romano ondea al viento, como si fuera el símbolo de la gloria cristiana que ha venido a redimirnos y salvarnos de la salvaje tradición pagana...

El olor a muerte y a chamuscado densifica el ambiente, el sufrimiento y el horror del pueblo ante tan cruel invasión impregnan el aire hasta tal punto que cuesta respirar.

¡Asesinooooos! Juro que pagaréis todo esto en nombre de la Diosa. No debisteis romper el equilibrio, nosotros respetamos la diversidad de religiones, de dioses, de costumbres... siempre que se nos respetara ¡Pagaréis vuestra insolencia, vosotros, vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos!

He vuelto a casa, necesito saber que la Gran Sacerdotisa está bien y mis hermanas también. Al llegar a la escalera, parece que es más difícil subir que de costumbre, como si los escalones hubieran aumentado su altura y se hubieran estrechado. Todo parece más sombrío, silencioso y quieto que de costumbre. Siento mi corazón acongojado, encogido, como si algo horrible fuera a suceder...
Al llegar arriba, no encuentro a nadie, está todo desierto... no encuentro a mis hermanas... voy corriendo a ver a nuestra querida madre a su estancia... y ahí está... tumbada en su lecho, pálida, consumida, fría y agonizante. Junto a ella hay dos hermanas sacerdotisas que la acompañan y la asisten, pese a que ella les había pedido que marcharan y la dejaran morir sola. Nada más llegar a la puerta de la habitación, ella gira la cabeza hacia mí como si me hubiera estado esperando, me mira, sonríe y abandona su cuerpo. Desesperada, en estos momentos tan difíciles mi querida madre me ha abandonado. Fría y distante, por los requerimientos de su puesto, sé que me ha querido y ha velado por mí a su forma procurándome siempre lo mejor, aunque en ocasiones no haya sabido entender bien sus pretensiones. Me siento furiosa y apenada a la vez por su marcha en estos momentos tan críticos... nuestra tierra está en juego y cada vez me encuentro más sola en la lucha por preservarla. Nuestra Gran Dama se ha ido y ahora la responsabilidad me pesa cada vez más.

Mientras la arreglan, mis hermanas me dicen que ha dejado un mensaje para mí: "No puedes hacer nada, deja que pase lo que es inevitable y vive sabiendo que la Diosa está en todas partes, en todas las criaturas, en todos los seres..." Me doy la vuelta llena de rabia, destrozada por todo lo ocurrido y juro que cumpliré mi promesa. Velaré por esta tierra aunque me cueste la vida, mi compromiso con la Diosa es firme y lo llevaré hasta el final.

Voy deprisa hasta el pueblo, de nuevo, y esta vez lo que veo es peor... el templo ha sido arrasado también, nuestros símbolos sagrados han sido partidos, rotos en pedazos. Han colocado una cruz cristiana con su Dios... ¡Cuanto odio hacia la Antigua Religión! Cada vez parece más cercano el fin... pero ¡me niego a resignarme! ¡Jamás lo permitiré!

Un barullo de soldados borrachos, eufóricos persiguen a las mujeres y las manosean, las violan y las tiran de un lado a otro como si fueran meros trozos de carne. Carcajean y se ríen de ellas. Algunas yacen moribundas en el suelo, sangrando por todas partes, con la ropa rasgada. Y esa ropa, esas telas son... no puedo creerlo... ¡Estas mujeres son mis hermanas! ¡Estáis maltratando y violando a las hijas de la Diosa! (Grito, ya no me importa que me vean y me oigan) ¡Asquerosos asesinos violadores! ¡Estáis condenados! ¡Arderéis en el infierno! ¡Malditos seáis todos vosotros bestias inmundas! ¡Y maldito sea vuestro Dios que permite y os anima a semejantes crímenes! ¡Moriréis con dolor, vosotros, vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos, malnacidos! ¡Lo jurooo!

Mientrastanto un par de hombres me toman de los brazos e intentan tocarme y llevarme con los demás, pero su estado es tan lamentable que puedo escaparme y huir hacia mi casa...

Desolada y abatida, me derrumbo al llegar a mi querido hogar... está todo arrasado, como si hubiera habido un terremoto. Parece que cada minuto que pasa se destruye un poco más de aquel lugar tan maravilloso. Ya no queda nadie allí, salvo yo... seguramente, las hermanas que han podido sobrevivir estarán escondidas lejos, en algún lugar, hasta que todo se calme. Pero yo no soy así, sé que así no podría vivir... huyendo de una promesa a la Diosa y a mis Hermanas... No he podido hacer nada por impedirlo, la gran sacerdotisa tenía razón, quizá debí hacerle caso, pero no puedo vivir con el peso de no haber cumplido. Mi vida aquí ya no tiene sentido, he fallado y no he podido cumplir lo que prometí, mi querida madre ya no está y la Antigua Religión ha sido engullida por la de los seguidores de un nuevo dios quienes muestran poseer unos valores rastreros, misóginos y falocéntricos, que a mi modo de ver, les han hecho convertirse en los criminales más despreciables de la faz de la tierra. ¡¡¡No muestran respeto por nada!!! Aquí ya no hay sitio para mí, tan sólo me queda la culpa por haber fallado, por no haber sido lo suficiente hábil como para evitar que esto ocurriera... (Con pesar) Mi tiempo ha expirado...

Me coloco en el centro de mi balcón preferido, que ahora es como un llano en una cumbre, sin las columnas. Miro al cielo con admiración y con la aspiración de reunirme con la Diosa y mis queridas Hermanas que ya han partido. Alzo las manos y recito una oración de invocación a la Diosa y de despedida del mundo de los hombres. En breve una luz desciende sobre mí, como un rayo fulminante, y abandono mi cuerpo quedando disuelta en la inmensidad del todo."

- Extraído de una experiencia  surgida en una sesión terapéutica de Terapia de Vidas Pasadas -


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